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Antonio Gramsci ( Cerdeña,1891 - Roma,1937)




 arbitrariedadfantasíaplacerlectura  






Carta nª 314 / de la Educación
27 junio 1932

Queridísima Tania, (...) Las cartas de Delio son interesantes, ¿verdad?, pero ¿qué significado tienen los versos sobre el agua primaveral con los que cierra su carta? (esto es, ¿con qué fin los ha transcrito, por qué quería que yo los conociese?). ¿Te parece bien que le enviemos la edición ilustrada italiana de Pinocho? (...) las ilustraciones no están bien logradas o al menos a mí me gustaban poco. De niño me había formado mi imagen de Pinocho y ver una materialización (del personaje) diferente a la de mi fantasía me irritaba y me rebelaba. Por eso me parece que ha estado bien que en Florencia no hayan dejado hacer el monumento a Pinocho; para los chicos florentinos habría significado la imposición, desde fuera, de una imagen normalizada que habría impedido toda fantasía arbitraria. Pero ¿no está en esa arbitrariedad de la fantasía el mayor placer de los niños al leer libros como Pinocho? (...)



Nicolás Guillén (Cuba, 1902-1989)



                  
Un poema de amor

No sé. Lo ignoro.
Desconozco todo el tiempo que anduve
sin encontrarla nuevamente.
¿Tal vez un siglo? Acaso.
Acaso un poco menos:
noventa y nueve
años.
¿O un mes? Pudiera ser.
En cualquier forma
un tiempo enorme, enorme, enorme.


Al fin, como una rosa súbita,
repentina campánula temblando,
la noticia.
Saber de pronto
que iba a verla otra vez, que la tendría
cerca, tangible, real, como en los sueños.
Qué explosión contenida!
Qué trueno sordo
rodándome en las venas,
estallando allá arriba
bajo mi sangre, en una
nocturna tempestad!
¿Y el hallazgo, en seguida? ¿Y la manera
de saludarnos, de manera
que nadie comprendiera
que ésa es nuestra propia manera?
Un roce apenas, un contacto eléctrico,
un apretón conspirativo, una mirada,
un palpitar del corazón
gritando, aullando con silenciosa voz.
Después
(ya lo sabéis desde los quince años)
ese aletear de las palabras presas,
palabras de ojos bajos,
penitenciales,
entre testigos enemigos.
Todavía
un amor de "lo amo"
de "usted", de "bien quisiera
pero es imposible"...De "no podemos,
no, piénselo usted mejor"...
Es un amor así,
es un amor de abismo en primavera,
cortés, cordial, feliz, fatal.
La despedida, luego,
genérica,
en el turbión de los amigos.
Verla partir y amarla como nunca;
seguirla con los ojos,
y ya sin ojos seguir viéndola lejos,
allá lejos, y aun seguirla
más lejos todavía,
hecha de noche,
de mordedura, beso, insomnio,
veneno, éxtasis, convulsión,
suspiro, sangre, muerte...
Hecha
de esa sustancia conocida
con que amasamos una estrella.


de Poemas de amor (1964)


ya que estamos... MARIO LEVRERO*






Aquello que hay en mí, que no soy yo, y que busco.

Aquello que hay en mí, y que a veces pienso que

también soy yo, y no encuentro.

Aquello que aparece porque sí, brilla un instante y luego

        se va por años

        y años.

Aquello que yo también olvido.

Aquello

próximo al amor, que no es exactamente amor;

que podría confundirse con la libertad,

con la verdad

con la absoluta identidad del ser

-y que no puede, sin embargo, ser contenido en palabras

pensado en conceptos

no puede ser siquiera recordado como es.

Es lo que es, y no es mío, y a veces está en mí

(muy pocas veces); y cuando está,

se acuerda de sí mismo

lo recuerdo y lo pienso y lo conozco.

Es inútil buscarlo; cuanto más se le busca

más remoto parece, más se esconde.

Es preciso olvidarlo por completo,

llegar casi al suicidio

(porque sin ello la vida no vale)

(porque los que no conocieron aquello creen que la vida no vale)

(por eso el mundo rechina cuando gira).


Este es mi mal, y mi razón de ser.


***


He visto a Dios

cruzar por la mirada de una puta

hacerme señas con las antenas de una hormiga

hacerse vino en un racimo de uvas olvidado en la parra

visitarme en un sueño con el aspecto repulsivo de una babosa gigantesca;

he visto a Dios en un rayo de sol que oblicuamente animaba

      la tarde;

en el buzo violeta de mi amante después de una tormenta;

en la luz roja de un semáforo

en una abeja que libaba empecinadamente de una florcita

miserable, mustia y pisoteada, en la plaza Congreso;

he visto a Dios incluso en una iglesia.



PRÓLOGO de “El discurso vacío”, de Mario Levrero  (1996)




* escritor uruguayo, 1940-2004



El día de horas contadas*


Si te cuento las horas de mi día corro el riesgo de tomarme más de un día en el relato y seguramente acabaría hablando de cosas que no se cuentan -porque sólo se relatan los hechos, ¿no?, y si te cuento los hechos, te estaría mintiendo, ¿no? Igual, si querés, te cuento cortito, lo que quieras, con tal de que no te vayas...

Te cuento que encontré un panfleto –sí, un panfleto: un intento algo fallido de poner los tiempos “en orden”… No me gusta nada que se decrete, que se prohíba, pero escuchá, escuchá bien que te lo leo (y prestá atención que remarco las negritas…):

“Se decreta, entonces, a partir del día de la fecha, que…
1. No se contarán las horas del día; se prohíbe el registro del paso del tiempo en término de días, semanas, meses, años, siglos, milenios; se decreta irrelevante llevar registro del acopio de los días dedicados a dejar huella en este planeta;
2. No se contarán las horas del día, ni las fracciones de horas, ni los minutos, ni los segmentos establecidos por el sol; se prohíbe aquí hallar sentido al corte radical del tiempo en cualquiera de sus formas;
3. No se contarán las horas del día; se prohíbe el uso de la aritmética para realizar sumatoria de tiempos o para hacer cálculos de precisión en relación a conceptos de tiempo-espacio-acción;
4. No se contarán las horas del día; el tiempo se ha concebido para ser un continuo que prescinde de números arábigos, ángulos y ecuaciones;
5. No se contarán las horas del día; quien ose contar minuciosamente los intrincados nodos de cada suspiro de su día será condenado a la incomprensión; y aún peor, quien ose hablar con desprejuiciada sinceridad sobre la emoción a flor de ala en cada aleteo de mariposa, o sobre las cosquillas a flor de estómago detrás de cada beso, o sobre la brisa a flor de hoja jugándose entre el sol y la luna, será víctima de la más severa tergiversación de cada uno de sus relatos…

Un panfleto, nomás, te leí algo cortito... pero no para que te quedes: todas las excusas son historias para que cuentes conmigo.


* Silvina Vital

al aire


Y además
mi corazón
tiene la culpa
porque nació
tan tibio y sorprendido
y yo también
un poco
y este cielo
y estas mañanas libres
y estas calles
por donde el aire estalla
y este gran infierno de los hombres
tiene la culpa

Pero
sobre todo
mi corazón
que no me deja
mi corazón
que me derrama
y me pierde

La culpa es mía
la traigo desde lejos
pero qué puedo hacer
sino vivir así
y andar a cada rato
con un dolor
y un sueño
custodiándome

Qué puedo hacer
si el corazón
me vino enorme
y tiembla
por cada soplo liviano
qué puedo hacer
sino abrazarlo
o cuanto más
echarlo al aire

Hugo Gola

VIENTO NORTE




VIENTO NORTE
Novela del Norte Santafesino
Alcides Greca. 1927
Selección personal de fragmentos

Mientras el pueblo y las autoridades vivían despreocupados de los asuntos de la tribu, la conspiración cundía en todo el Chaco Santafesino. En las islas, en las reducciones lejanas, donde quiera que levantase su toldo una familia india, aparecían sigilosamente extraños mensajeros, adivinos y tatadioses, predicando la guerra al banco y asegurando la protección de las divinidades católicas. Y las tribus respondían ampliamente a este llamado, que despertaba en el fondo de la conciencia de los aborígenes un sentimiento instintivo de rebelión contra sus opresores extranjeros.

de III: "NUBES QUE AMONTONA EL VIENTO", SEGUNDA PARTE, pag. 59

En la capilla de la Golondrina la indiada remolineaba. No menos de ochocientos jinetes erizaban sus chuzas entre los pencales, amenazando a San Javier. Algunos pelotones corrían por los alrededores poniendo sitio al pueblo.
Por suerte no se veían fusiles ni escopetas. Los indios cumplían las instrucciones del tatadiós, quien les aconsejara fuesen a la lucha con sus armas tradicionales. Las balas iban a volverse barro en el momento de la pelea. 

De  IX: “EL DESPERTAR”, TERCERA PARTE, pag. 123-124


El primer pelotón de indios  avanzó, golpeándose la boca, por la calle de la iglesia, en dirección a la policía. Venían tendidos sobre el lomo de sus caballos, lanzados a toda rienda. La milicada policial, apostada al frente, y los cantones de los flancos, no los dejaron llegar. Casi todos quedaron en el camino. Algunos, al sentirse traspasados por los proyectiles, se abrazaban al pescuezo del mancarrón, y dando un alarido volvían grupas, para ir a caer lejos, entre el pajonal.  

De XI: “EL MALÓN”, TERCERA PARTE, pag. 130


Salvador y Ananoque pasaron como flechas a cien metros del cantón de Mendoza, que los saludó con un tiroteo graneado. Enfilaron hacia el San Javier, y se lanzaron al agua.
En el pueblo se había hecho el silencio. Los de la torre, que vieron a los dos indios caer al rio, les enviaron una granizada de tiros máuser.

El clarín tocaba una diana.

De XI: “EL MALÓN”, TERCERA PARTE, pag. 131


San Javier acababa de fusilar a sus calles todo ese poético pasado que lo llenara de un romántico prestigio.
La raza aborigen era dispersada, perseguida, aniquilada… Ya no sería san Javier “ el pueblo de los mocovies”, sino un pueblo mas de la provincia, sin características, hostil y monótono, como todos los otros, con calles rectilíneas, latrgos muros de ladrillos y el aburrimiento dormitando en las aceras, en las que algún perro familiar, echado sobre un umbral abre de cuando en cuando un solo ojo para mirar indiferente al raro transeúnte que pasa como agobiado bajo la llamarada asfixiante de la siesta.

De XIII: “LA CARTA AZUL”, TERCERA PARTE, pag. 134


Cuando la usina eléctrica, tras un largo silbato, va encendiendo los focos  en las bocacalles de san Javier, allá , en el barrio sud, alrededor de los tizones que brillan en las sombras, la familia de los fantasmas inicia su cena: es el mate sin azúcar, con yerba lavada por todas las cebaduras del dia, que corre de labio en labio. Y el golpe seco de la tos, que va del grande al chico, y del chico al grande, inicia también su vuelta trágica, su ronda nocturna.
Y, si la luna, saltando de la nube, alumbra un  momento, entre el blanquear de las casitas emerge la negrura de uno que otro rancho, que levanta su techo como las dos manos del bendito, para implorar en las sombras la piedad infinita de los astros que guiaron a una raza vigorosa y libre a través de las selvas, en las noches lejanas del pasado. 

De XII: “LA AGONÍA DE LA TRIBU”, pag. 184
  

quid



Si siempre temblé ante lo que podría decir, fue en el fondo a causa del tono, y no del fondo. Y lo que procuro imprimir oscuramente, como a pesar de mí, dándolo o prestándolo a los otros como a mí mismo, a mí como a los otros, es tal vez un tono. Todo declara la mora de una entonación.

 Jacques Derrida

Memoria Iluminada - Alejandra Pizarnik

Flora, ese ser imperfecto



Eritrea

En el año 1943
en Eritrea
a un costado de siglo
Virginia y yo hablábamos de un muchacho
que conocía el lenguaje de las flores
entre nubes de mosquitos
bajo un calor sofocante.
Ambos creíamos firmemente en los baobabs y las caricias
y no teníamos nada que ver con esa guerra.
Pero al llegar a Nueva York
Virginia se compró un sombrero
yo una motocicleta
y el muchacho de quien hablámos, no sé
olvidó el lenguaje de las flores.


Néstor Perlongher, poeta y antropólogo argentino ( 1949-1992)

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VICTIMA DEL TIEMPO

















Qué van a decir de mí
cuando me agache
ante una hoja seca
y la tome entre mis manos
con el único fin
de resucitarla
y sólo consiga
hacerla crujir,
destrozando su posibilidad
de convertirse,
irremediablemente,
en víctima del tiempo.



Roxana Torres Neira (2008), "De las bestias que me acosan", Colisión libros, Buenos Aires, pag. 65

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............

Ver



¿Por qué la fascinación? Ver supone la distancia, la decisión que separa, el poder de no estar en contacto y de evitar la confusión en el contacto. Ver significa, sin embargo, que esa separación se convirtió en encuentro. Pero ¿qué ocurre cuando lo que se ve, aunque sea a distancia, parece tocarnos por un contacto asombroso, cuando la manera de ver es una especie de toque, cuando ver es un contacto a distancia, cuando lo que es visto se impone a la mirada, como si la mirada estuviese tomada, tocada, puesta en contacto con la apariencia?


(Maurice Blanchot, El espacio literario. In: Arfuch, 2006, p. 58)

Rodolfo Braceli (Mendoza, 1940)

25

(Carta, para leer
silbando, en plena noche y con relámpagos.)



“Recuerda:
a la orilla de tu codo

habrá aire.

El aire tocará la totalidad.

Te codearás con el universo.”



de "El último padre", Ediciones de la Flor, 2005

Un cuento


Foto: Edgar Ende

La dama corrió la cortina negra de la ventana de su coche y preguntó:
-Por qué no vas más deprisa? ¡Ya sabes lo que significa para mí llegar a tiempo a la fiesta!
El cochero cojo se inclinó desde el pescante hacia ella y contestó:
-Hemos entrado en un convoy, madame. Yo tampoco sé cómo. Seguramente me quedé un poco dormido. Sea como fuere, está ahí de pronto esa gente que nos atasca la carretera.
La dama se asomó a la ventana. Efectivamente la carretera estaba ocupada por una larga comitiva. Eran niños y viejos, hombres y mujeres, todos vesti­dos con extravagantes y multicolores trajes de saltim­banquis, con sombreros fantásticos sobre las cabezas y grandes fardos a las espaldas. Algunos iban monta­dos sobre mulas, otros sobre grandes perros o avestru­ces. Entremedias traqueteaban también carros de dos ruedas, cargados hasta arriba con cajas y maletas o carros entoldados en los que iban familias.
- ¿Quiénes sois? - preguntó la dama a un mu­chacho vestido de arlequín que caminaba al lado del coche. Llevaba una pértiga al hombro cuyo extremo nevaba una muchacha de ojos almendrados vestida como una china. De la pértiga colgaban toda clase de enseres domésticos, encima iba sentado un pequeño mono que tenía frío -. ¿Sois un circo?
- No sabemos quiénes somos —dijo el mucha­cho—. No somos un circo.
- ¿De dónde venís? —quiso saber la dama.
- De las Montañas del Cielo —respondió el muchacho—, pero de eso hace ya mucho tiempo.
- ¿Y qué hacíais allí?
- Eso era antes de que yo viniese al mundo. Yo nací por el camino.
Ahora intervino en la conversación un viejo que llevaba un gran laúd o teorbe la espalda:
- Allí representábamos el Espectáculo ininterrumpido, bella dama. El niño no puede saberlo. Era un espectáculo para el sol, la luna y las estrellas. Cada uno de nosotros estaba sobre una cumbre distinta y nos gritábamos las palabras. Actuábamos sin cesar, pues aquel espectáculo mantenía unido al mundo. Pero ahora lo ha olvidado ya también la mayoría de nos­otros, Hace ya demasiado tiempo.
- ¿Por qué dejasteis de representarlo?
- Había sucedido una gran desgracia, bella dama. Un día nos dimos cuenta de que faltaba una palabra. Nadie nos la había robado, tampoco la ha­bíamos olvidado. Sencillamente ya no estaba. Pero sin esa palabra no podíamos seguir actuando, porque ya nada daba sentido. Era precisamente la palabra por la que todo se relaciona con todo. ¿Comprende bella dama? Desde entonces viajamos de un lado a otro para encontrarla de nuevo.
- ¿Por la que todo se relaciona con todo? - preguntó la dama, asombrada.
- Si - dijo el viejo, asintiendo serio con la cabeza- , seguro, bella dama, que usted también se habrá dado cuenta ya de que el mundo sólo se compone de fragmentos que no tienen nada que ver los unos con los otros. Eso es así desde que perdimos la palabra. Y lo peor es que los fragmentos se siguen descomponiendo y quedan cada vez menos cosas que guarden relación entre sí. Si no encontramos la pala­bra que reúna todo con todo, un día el mundo se pu1verizara por completo. Por eso viajamos y la buscamos.
- ¿Creéis acaso que la encontraréis un día?
El viejo no contestó, aceleró sus pasos y la adelantó. La muchacha de los ojos almendrados que ca­minaba ahora junto a la ventana de la dama, explicó tímidamente:
- Escribimos la palabra sobre la superficie de la tierra con el largo camino que recorremos. Por eso no nos quedamos en ningún sitio.
- Ah - dijo la dama-, ¿entonces sabéis siem­pre a dónde tenéis que ir?
- No. Nos dejamos guiar.
- ¿Y quién o qué os guía?
- La palabra - contestó la muchacha y sonrió como si pidiese disculpas.
La dama se quedó mirando a la niña durante largo tiempo, luego preguntó en voz baja:
- ¿Puedo ir con vosotros?
La muchacha no dijo nada, sonrió y adelantó despacio el coche siguiendo al muchacho que iba de­lante.
—Alto! —gritó la dama a su cochero.
Este tiró de las riendas, se volvió y preguntó:
— ¿Quiere de verdad ir con ésos, madame?
La dama estaba sentada en los cojines, muda y derecha, mirando de frente. Poco a poco pasó el res­to de la tropa junto al coche parado. Cuando pasó el último rezagado, la dama se apeó y siguió la comitiva con la mirada hasta que se perdió en la lejanía. Empezó a llover un poco.
- Volvamos! - ordenó al cochero subiendo de nuevo- , regresamos. He cambiado de idea.
- Gracias a Dios! - dijo el cojo- , ya creía que quería irse de verdad con esos.
—No —contestó la dama sumida en pensamientos—, yo no les seria de utilidad. Pero tú y yo podemos dar fe de que existen y que les hemos visto.
El cochero hizo dar media vuelta a los caballos.
— ¿Puedo preguntar algo, madame?
— ¿Qué quieres?
— ¿Cree madame que encontrarán alguna vez esa palabra?
—Si la encuentran —-contestó la dama—, el mundo tendría que transformarse de una hora a otra. ¿No lo crees? Quién sabe, tal vez seremos alguna vez testigos de ello. ¡Y ahora echa a andar!

Michael Ende (Alemania, 1929 -1995)

dos poemas



Caigo conteniendo la respiración
llevo hacia una levar ascético todo lo que alguna vez giró
por sí y dentro de mí en alguna parte cerca de mí
reúno partes
cebo de la magia su parte tosca.

...


A todo el mundo le gustaría trascender
atravesar una hoja y navegar como un maleante encapuchado sobre
la dermis verde
respirar agua en los pulmones
tocar con la yema de los dedos hojas, vulvas azules, romper la
cáscara de un huevo
trascender cosas importantes
un tren, un espacio de la cama, el rango de la mirada del otro
al otro, y sus colores


Pero llegamos sólo a ser un giro
a ser una pieza más de lo trascendido
apenas la sombra del hilo de alguien que mueve cosas
como un desecho de ola
o una gigante vacuidad en los ojos.


y nos ponemos así
en posición fetal
imaginando cómo será el cielo de los otros.

Germán Roffler (Rosario, 1982)


Ricardo Piglia. Adrogué, Buenos Aires (1940)


Repetición

Repetición. El destino es la conciencia de sí pero como enemigo. // Ha sucedido antes y volverá a suceder (de otra manera). // Igual que en el 'incidente' del Kubla Khan existe ahora un vacío (porque sabemos que antes había algo ahí y que ya no hay nada). El porvenir estaba escrito pero Porlock lo ha borrado; después de su visita sólo podemos adivinar lo que falta en los rastros borrosos que han quedado vivos en la blancura de la noche. La parte que ha sobrevivido (los cuarenta y cinco versos) es conocida como una sentencia (en el sentido que mi hermana le da ese término). Es decir, un dicho que encierra una convicción y una condena a muerte. // Un pájaro blanco vuela en círculo y yo estudio sus evoluciones. Se deja llevar por el aire transparente y luego aletea para tomar altura. Es una golondrina y sus ojos como dos puntos rojos están fijos en los lados, no hay objetivo, ni dirección alguna, ella no ve, sólo vuela movida por el azar, tiene una ruta secreta escrita en el alma. // Lo que se repite no es lo que se recuerda. Este pensamiento me ocupa el cerebro. No puedo hacer nada. Permanezco sentado de cara a la ventana, las piernas cubiertas con una manta escocesa. La tarde cae. Los pájaros vuelan en el aire quieto. No puedo salir porque temo que al salir suene el teléfono en la pieza vacía.


de "Prisión perpetua"(2007), ANAGRAMA, Barcelona

Buraku*, un poema

























Oía un susurro
Como una brisa flotando de boca en boca
Que debajo de cada axila yo estaría marcado
Con el tamaño de una mano

...

¿Quién ha marcado mis lados? ¿Por qué razón desconocida?
¿Por qué este tizón desconocido sobre mi yo y mi alma?
Aún hoy mis pensamientos disminuidos
Tan pálidos y fríos, transparentes como el vidrio
Me mantienen despierto **


Marouka Tadao, en Whitaker, "Japan's Outcasts", pag. 337



*El término "buraku" 部落 (comunidad) se remonta al Japón feudal y era utilizado para referirse a la clase más baja de la sociedad. Esta gente que vivía en grupos apartados del pueblo, realizaba trabajos como curtir pieles, despiezar animales o ajusticiar criminales, trabajos mal vistos por las religiones budista y sintoista ya que eran considerados "actos impuros" y debido a ello, los burakumin (gente de la comunidad) eran discriminados por el resto de clases.Tanto los burakumin como sus descendientes, tenían prohibido dedicarse a otro oficio que no fuese el de su clase y aunque algunos consiguieron cierto bienestar económico, seguían siendo discriminados y evitados por el resto de la sociedad. Si bien el gobierno, durante la era 'Meiji' abolió el sistema de castas en 1871, la mayoría de los casi tres millones de buraku todavía sufren discriminación laboral e incluso en los institutos de enseñanza cuando informan su origen.

**Según la tradición del chisme de los japoneses mayoritarios, los buraku tienen una marca física hereditaria que los distingue como miembros del grupo marginado de la sociedad: un lunar azuloso debajo de cada brazo: el estigma social que los sectores superiores arrojan sobre los otros se convierte, en su imaginación, en un estigma material: es cosificado, como si la naturaleza o los dioses se lo hubieran implantado a los marginados.

Tristes trópicos (1955). Claude Lévi-Strauss



"Si el individuo ya no está solo en el grupo y cada sociedad ya no está sola entre las cosas, el hombre no está solo en el universo. Cuando el arco iris de las culturas humanas termine de abismarse en el vacío perforado por nuestro furor, en tanto que estemos allí y exista un mundo, ese arco tenue que nos une a lo inaccesible, permanecerá , mostrando el camino inverso al de nuestra esclavitud, cuya contemplación – a falta de recorrerlo - procura al hombre el único favor que sabe merecer: suspender la marcha, retener el impulso que lo constriñe a obturar una tras otra las fisuras abiertas en el muro de la necesidad y acabar su obra al mismo tiempo que cierra su prisión; ese favor que toda sociedad codicia cualesquiera sean sus creencias, su régimen político y su nivel de civilización, donde ella ubica su descanso, su placer, su reposo y su libertad, oportunidad esencial para la vida, de desprenderse y que consiste - ¡adiós salvajes! ¡adiós viajes!- durante los breves intervalos en que nuestra especie soporta suspender su trabajo de colmena, en aprehender la esencia de lo que fue y continúa siendo más acá del pensamiento y más allá de la sociedad: en la contemplación de un mineral más bello que todas nuestras obras, en el perfume, más sabio que nuestros libros, respirado en el hueco de un lirio, o en el guiño cargado de paciencia, de serenidad y de perdón recíproco que un acuerdo involuntario permite a veces intercambiar con un gato".


Así termina Tristes trópicos (1955)... es una de las narrativas más sensibles, tristes y bellas que haya escrito un antropólogo y es al mismo tiempo un tratado de filosofía, un informe etnográfico, una historia colonial y un mito profético.
Otro lujo... (y no soy estructuralista)


NADJA, André Breton. Francia ( 1896- 1966)

La Flor de los amantes (pág. 108)


"La Belleza será convulsiva o no será"
-así termina la obra-


Link para descargar el libro completo

He buscado este libro en casi todas las librerías desde hace tiempo sin resultados, y mágicamente lo encuentro en internet. Mi idea era descargar el libro en el blog, pero a pesar de mis esfuerzos, no lo logré. Por eso el link de arriba.
Nadja es una de las obras de la literatura universal de principios del siglo XX menos leída en el mundo hispánico. Nadja viene a ser la búsqueda de la identidad del propio autor a través de un laberinto de objetos y acontecimientos que se presentan llenos de presagios y premoniciones. Breton comienza el libro con un enigma que condensa la totalidad de la obra: «¿Quién soy yo?» es, pues, la búsqueda de esa verdadera identidad. La intención no es otra para Breton que «la de contar los episodios más determinantes de mi vida tal y como puedo concebirla al margen de su estructura orgánica, es decir, en la medida en que depende de los azares».
Una joya.

Juan L. Ortíz ( Entre Ríos, 1896- 1978)

















Primavera lejana




Primavera lejana.

Tarde que viene

a través de esta luz llena de cantos

como una sombra herida

de tanto darse contra los cristales

del infinito agudo, aunque encantado.



Como una sombra, también,

de corazón todo húmedo

y vagamente florido.




Tarde llena

de una sombra de lirio

que nacía del poniente

como de la ilusión angustiosa de mis pasos.