XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX
XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX
XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX
Mostrando entradas con la etiqueta de lo mío viejo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta de lo mío viejo. Mostrar todas las entradas

¿Dónde estaba? (Parte II … o del otro lado)*

Foto: Boulevard Oroño



No sentía mi cuerpo mientras volaba. Supongo que esa debía ser la sensación de volatilidad, la que estudié en Física alguna vez respecto a los estados de la materia, o la de la velocidad, que se describe respecto a la luz o a los vientos, solo que en cámara lenta.
Fue en ese instante confuso cuando el tiempo se detuvo. Me encontré aturdida frente a un colchón viejo y gastado que se presentaba ante mí, flotando suavemente en ese lugar que no era un lugar, y que denunciaba las huellas de otras madrugadas de pura pasión y de utopías, mezcladas con tinta seca, cigarrillos y mate amargo. Y estaba allí, doblado y anudado por una sábana blanca hasta el dolor, como esas bolsitas transparentes selladas con un moño celofán brillante, que contienen casi siempre caramelos y chocolates dulces. Me esperaba a mí en el aire, albergando como una alfombra mágica improvisada los llantos mezclados de un terror primitivo a aquel niñito, quien como un ave sin alas todavía, -porque era muy pequeño-, fue arrojado en un acto de amor desesperado y redentor desde la ventana de atrás de aquel piso alto por la mujer de la panza enorme y camisón blanco, esa fría y absurda mañana.
Lo sostuve y abracé con todas mis fuerzas, mientras el colchón se desplegaba a gajos como una flor, hasta desaparecer en el aire. Quedamos suspendidos por unos segundos en ese ambiente enrarecido, gris, con olor a pólvora y sonidos de sirenas y de balas.
- Mamás- dijo la Nidia finalmente.
- Sin más, damos por finalizada la reunión. ¿Alguna pregunta que hacer?, dijo apresurada y tomando su cartera.
Y se fue.

Unos años después, me decidí y comencé a caminar por boulevard Oroño hasta llegar a la esquina de calle Santa Fe, levanté al fin mi mirada hacia lo alto, a aquella ventana alta desde la acera, una mañana fría. Y en el vidrio empañado se dibujaron ojos abiertos.

El edificio de calle Balcarce ya no existe, fue demolido el año pasado por una empresa de construcción y se esté levantando actualmente un moderno complejo habitacional de alta gama.




NOTA:

( …) “Alrededor de las cinco y media de la mañana, rodearon la manzana de bulevar Oroño, Santa Fe, Córdoba y Balcarce.

La idea era penetrar en el edificio de calle Balcarce 742.

Comenzaron las sirenas y algunos disparos.

En el octavo piso estaban Cristina Lucchesi, Juan Pablo Arnolt, Daniel Hugo Cambas, Ana María Teresa Drago y Claudia Omar.

Llegaron carros policiales y se cortó el tránsito a dos cuadras del lugar.

'Los subversivos arrojaron a un niño desde el octavo piso a tierra, presuntivamente hijo de una de las terroristas allí domiciliadas, al que envolvieron en un colchón para tratar de atenuar los efectos del golpe. El niño habría sido rescatado por los efectivos y hospitalizado de inmediato para salvar su vida', sostuvo el cronista del diario 'La Capital', del 2 de enero de 1977.

Tras horas de lucha, María Cristina, Ana María y Claudia se tiraron por el ventanal y murieron de forma instantánea.

A media mañana, Juan Pablo y Daniel fueron muertos.

Fuente: http://www.lafogata.org/04arg/arg7/ar_rosario.htm


* basado en un hecho real y experiencia personal




¿Dónde estaba? ( PARTE I)

Foto: Calle Balcarce ( entre Santa Fe y Córdoba)



-Espero que sea puntual, que no se retrase la nueva maestra en esta primera reunión de padres, porque hoy tengo clases a las nueve y media.
Sin pensarlo demasiado y con todavía algo de sueño y desgano, me senté en uno de los banquitos del patio cubierto de la escuela a esperar.
- ¡María!... ¿me pasás la tarea?, - ¿estudiaste de memoria la poesía?, - su hija es la mejor alumna, pero como no empezó desde primer grado en la institución... resonaban nostálgica y hasta tiernamente en mis recuerdos algunas vivencias de aquel lejano séptimo grado cuando una voz grave, gravísima interrumpió abruptamente mi fuga. Levanté la cabeza y quedé atónita, ¡era mi maestra de Lengua de séptimo grado! Sí, la Nidia, la que nos torturaba con los autodictados casi todos los días, la que nos obligaba a estudiar las poesías de memoria, como así también la que nos hizo conocer a Platero y yo, a disfrutar de la lectura de Mi planta de naranja lima, del principito, de emocionarnos con el dibujo de la boa abierta, la rosa elegida y cuidada en una campana de vidrio, los planetitas, el zorro, el fin de mi niñez.
-Entren mamás -, dijo apresurada y hasta un tanto molesta.
Me senté en el primer banco junto a la ventana. El sol iluminaba los ángulos del centenario salón, el mismo que supo escuchar como un cómplice mudo tantas preguntas, las risas inocentes, los llamados de atención, el no no, si sí de siempre.
¿Dónde estaba?
Saqué rápidamente mi cuadernito y empecé a anotar esmeradamente las indicaciones que me daba la seño, la flamante maestra de séptimo de Celina; reproducía minuciosamente todos los requerimientos y advertencias, con puntos y comas:
-“Short no más arriba de la rodilla, chomba larga, cabello recogido. Pero al levantar la vista al frente, en un intervalo en las indicaciones, ya no pude ver su figura ni su voz...
- ¡La seño no está!
- ¿Por qué se escuchan tantas sirenas de autos desde afuera?
- ¿Qué son esos gritos?
- ¿Quiénes dan órdenes?
Durante varios minutos la esperé paralizada, asustada, desvalida.
¡Nenas!-nos dijo con la voz quebrada al regresar, no se asusten pero llamamos a los papás porque hubo un accidente enfrente, en calle Balcarce, y se suspenden las clases por seguridad.
-¿Un accidente?- gritamos al unísono sin entender.
Y sin pensar me trepé junto con Miriam a espiar por la ventana. Muchos autos verdes, hombres uniformados y entonces pude ver a una mujer, a una mujer con una panza enorme a la que sostenía con sus manos, parada en el borde de un balcón alto lloraba desconsoladamente y parecía que intentaba escaparse volando, estaba descalza y con un camisón blanco. Hacía frío, mucho frío.
-¿Seño... porqué hay tantos policías y autos en la calle?, preguntaron las otras del fondo del salón, y se abalanzaron hacia donde estábamos nosotras al vernos trepadas a la ventana.
- A sus lugares chicas, hubo un accidente, los padres ya los vienen a buscar, no se asusten.
Pero como yo estaba ya muy cerca de la Nidia, en el primer pupitre, detrás de sus anchos y oscuros anteojos y desde abajo pude descubrir la mirada del horror, y en pocos segundos volví, aturdida, autómata a la ventana de calle Balcarce y sí. Está la mujer, en camisón, pero ahora la veo echada en la calle boca abajo, no se sostiene su panza como hace instantes había visto o creído ver que estaba volando, está inmóvil.
¿Dónde estaba?
-¿La mamá de Celina la nena ingresante? preguntó en voz alta la Nidia.
Y levantando la mano, dije: Si, seño…soy yo.
Y al mismo tiempo me vi corriendo, salté por la ventana de calle Balcarce sin respirar, miré por un momento el último piso del alto edificio, y descalza me escapé, volando.