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paseaje
Y mientras nada sé de vos
o de la pelusita
que se filtra por la ventana
en días de otoño
roce de minivacío
que te interrumpe
no pienso llamarte muro
ni resorte desvencijado
ni fondo
de la larga noche oscura
sólo miro ausente
con el ojo pequeño,
escribo las contracturas
en arabescos de fuga.
soroche
Otoño
de 2013
Dejar
de querer caminar.
Permanecer
sentada
en
las escalinatas
de
la Iglesia de San Francisco
con
una botellita
de
agua mineral en la mano.
Mirar
(admirar)
el
equilibrio de las cholas
paceñas
andando erguidas
en
sus polleras, mantillas coloridas
y
sombreros borsalinos.
Aprender
a suspirar…
cuando
el oxígeno no alcanza.
ejercicio 2
Foto: Olive Cotton
Panchar un hoja arrugada
decididamente indócil
en la que mora el indicio
de versos usurpados
(los poemas no se roban)
Intentar re-encontrar
a fuerza de tibio aire
la plenitud
de tus huellas digitales.
alita azul
(...) Cuando encontraban una niña, cortaban un pedazo de manguera
azul y se la obsequiaban para que pudiese saltar la manguera. Así en todas las
esquinas se vieron nacer hermosísimas burbujas azules transparentes, con una
niña adentro que parecía una ardilla en su jaula. J.C.
anómala
vos
que de grande seguiste siendo niña
y un día descubrís que significa serlo.
¡Ay, alita sin vaina!
Seguías pegada al dibujo original.
miedo
Que no sé salir a la calle así,
eso.
No es la lluvia lo que me paraliza
menos son los truenos
posiblemente se trate
de la certeza del no poder atrapar
alguna centella
extraviada, un pequeñito rayo
de luz al cual aferrarme
y confiar
en esta tarde gris.
Morgado
A veces (sólo algunas veces)
le hago un pequeño dique a las horas:
dejo cruzar suavemente, deslizarse
a la música/magdalena de los recuerdos,
de los adioses,
de los nunca más, de las decepciones.
fuera de contexto
Sólo cuando la mirada se abre al par de lo visible se hace
una aurora
M. Zambrano
Volví
a aquel lugar,
el
portero apenas
si
me reconoció,
me
dejó pasar.
Crucé
el patio
en
diagonal
con
pasos desarticulados
comprimí
mi voz ronca
transfigurando
la extrañeza
en
el recuerdo
de
lo que creía
era
parte de mi vida:
las
luminosas mañanas
de
pasos blandos
y
de pájaros cantando.
Yo
quería hablar,
quería
una mirada
una
palabra mansa
pero
no, la puerta
no
se abrió,
me
quedé inmóvil
el
impulso inicial
estalló
a pedazos
y
se volví a la calle,
sin
decir nada.
versos
Esta noche de viernes
al tiempo en el que el cielo
sigue llorando
escribo versos
a lo que no me escucha.
Vanamente les pregunto
a las letras que se filtran
entre las grietas de la lluvia
en donde habitan
los sonidos de las cosas
que fueron.
En qué lugar,
a qué distancia se encuentran
el canto del agua
de otro verano,
las antiguas dulzuras,
el rumor azul y verde
de un párpado maravillado.
El silencio se prolonga
en el presente
del poema húmedo
y desamparado,
como mi cansancio.
que fueron.
En qué lugar,
a qué distancia se encuentran
el canto del agua
de otro verano,
las antiguas dulzuras,
el rumor azul y verde
de un párpado maravillado.
El silencio se prolonga
en el presente
del poema húmedo
y desamparado,
como mi cansancio.
colores
por ese lugar
el ojo accidental
percibe la pigmentación del día, después de la lluvia.
(No hay destino único del cielo)
voz callada
Las
ocho de la noche.
Una
mujer se hace preguntas
en
un café
frente
a la Avenida Olleros.
Se
interroga acerca de
cómo
podría remediar
su
nueva y absurda
condición
de ser/expulsada
de
su mundo/refugio,
ése,
en el que se sentía
más
o menos a gusto
desde
hace tantos años.
Ella
sabía lo que le iban a decir,
que
hiciera un esfuerzo
por
mirar las cosas
con
más distancia.
“Como si fuera tan fácil”, decía:
“hay que estar en la piel”.
La verdad es el abandono.
El abandono de una laringe
cansada a sus cuerdas
- la casita segura-, creían.
Y
ya no cree,
no
tan de adentro.
Sale
a la calle.
Se
cruza al bonito
e
iluminado
cantero
central.
Se
detiene en un puestito
de
plantas y flores,
parecen
susurrar rocío.
¿Se
atrevería ella a cantar?
Un
glissando espera,
desespera.
Se
ahoga en su boca
casi
llegando a libertador,
en
un súbito y metálico
ruido
de cacerolas,
perturbando
el aire,
el
alma, una vez más.
octubre
en la nube, que el
viento balancea
asciende lenta a
columpiarse el alma.
¡Oh mi ensueño perdido!
M.F.
Creí que podía comunic(arte)
encantarte
esforzarme por mostrarte
el tiempo de las flores
el color profundo de la dignidad.
Pero con un calor de chapa
y de nostalgia vos te apareciste,
tiernamente me recordaste
un octubre de sikuris y de feria
el lenguaje que era
yo, la que mi boca hablaba,
la haber estado, la haber acompañado.
Al mismo tiempo, como un ánima que pena,
me dijiste que el martes sería tu cumpleaños.
Y sentí mi abrazo adelantado
como una inútil limosna.
Hoy llueve como nunca,
leo tus poemas de amor temprano
y pienso en vos,
en tu caligrafía chorreada por el barro,
me pregunto si habrá algún festejo.
La ciudad injusta acumula deseos,
antiguos pactos, fracasos, esperanzas fugaces.
la haber estado, la haber acompañado.
Al mismo tiempo, como un ánima que pena,
me dijiste que el martes sería tu cumpleaños.
Y sentí mi abrazo adelantado
como una inútil limosna.
Hoy llueve como nunca,
leo tus poemas de amor temprano
y pienso en vos,
en tu caligrafía chorreada por el barro,
me pregunto si habrá algún festejo.
La ciudad injusta acumula deseos,
antiguos pactos, fracasos, esperanzas fugaces.
COPLA 2005
de las cosas que uno puede encontrar en una cajita
o en la nostalgia de un día de lluvia cualquiera
breve
Sabías que alguien lanzó un secreto al viento
para que supiera?
Sobre los párpados la oscuridad, pesa.
Y a veces no, entonces me demoro
en las cortinas de lo que supo estremecer.
(Esperá, la luna está cruzando la ventana)
Sabías, que aún seguís lastimándome
la espalda con los dientes? Mas lejos yo,
de vos, en tus brazos.
la espalda con los dientes? Mas lejos yo,
de vos, en tus brazos.
Mujer con sombrero
Una mujer con sombrero,
como un cuadro del viejo Chagall,
corrompiéndose al centro del miedo
y yo, que no soy bueno,
me puse a llorar.
Pero entonces lloraba por mí,
y ahora lloro por verla morir.
como un cuadro del viejo Chagall,
corrompiéndose al centro del miedo
y yo, que no soy bueno,
me puse a llorar.
Pero entonces lloraba por mí,
y ahora lloro por verla morir.
S. R.
Quizás
pude haber leído mi
destino
en la escritura y en la música
de esos pasos
según había visto y oído
en otro tiempo.
Qué querés que te
diga?
que la plaza
que la chalina
que el cigarrillo que
las botas
correspondían a una
misma persona?
Desde ahí me narro
caminando en la niebla
entre palomas traicioneras
caminando en la niebla
entre palomas traicioneras
y autos viejos,
con el sombrero negro
(que ahora uso yo)
sobre la nostalgia y el tiempo
¿Qué les sucede en un momento a los cuadros de fotografías de la primera
comunión, esos que durante al menos diez o quince años lucieron triunfales en
una pared de la casa familiar?
Y
digo lucieron, en pasado, porque la niña que posa en esa fotografía con su
vestido blanco de manguitas abullonadas y tiene un tocado de flores pequeñas en
la cabeza, o aquella otra con su velo de
tul, o el niño de pantalones cortos y medias
tres cuartos, si, ése que muestra de costado
un moño de raso enorme en su brazo, y
una sonrisa. Esos niños, ésos y otros no
ya tan niños, un día se van de la casa
de sus padres, y al tiempo, éstos caen
en la cuenta de que el departamento de dos o de tres dormitorios en el que viven
les queda grande, hay demasiados espacios vacíos, vaciados por la ausencia, y
entonces se deciden ponerlo a la venta. Bueno, sucede que últimamente y por
motivos que no vienen al caso, he estado recorriendo departamentos de distintas
zonas de la ciudad. Y en esos itinerarios urbanos, pude notar que, en varias de ellas, al entrar al cuarto
principal en algunos casos, al living, o a los dormitorios en otros, invariablemente
aparecían descolgados de algún lugar del ambiente en que me detenía, imágenes con
fotos de niños de comunión. Esto me fue
ocurriendo desde las primeras veces cuando entraba a ciertas viviendas, entonces,
sin pensarlo primero, esta situación
inesperada que se iba repitiendo cada vez, se fue convirtiendo para mí como en
un juego del azar, que consistía en intentar adivinar, ni bien se abriera la
puerta de ingreso, si en algún lugar de la casa podría encontrar un cuadro de
foto de comunión o algún indicio de él. Lo
único que me estaba empezando a interesar al entrar en esos sitios no era ya el
estado general del departamento, si gozaba de buena luz, si era cómodo o tenía una
bonita vista, sino lo importante comenzó a ser el comprobar la existencia o no de
esos cuadros con fotografías de comunión de otras épocas. No solo eso, me
propuse también descubrir los lugares
exactos en donde estuvieron colgados por mucho tiempo. Y no era una empresa
imposible el desafío, porque invariablemente también, pude descubrir la
existencia de clavitos desnudos en las paredes, o las huellas de la existencia anterior de piezas
pequeñas metálicas: mínimas aberturas en lugares principales en otros casos. Ocurría
más o menos así: ni bien se abría la
puerta de entrada al departamento, si me recibía una persona de sesenta años o
más, eso era ya un buen indicio, entonces no había más que deambular por la
casa simulando prestar atención a las ponderaciones que sobre el mismo se hacían
vivamente, mientras yo en realidad lo
que miraba era lo que no me mostraban. Había una curiosidad en mí, deseaba captar el destino de esos instantes pasados eternizados
en una foto y que ya no estaban.
Pero
aconteció un martes a la tarde, que en el departamento de calle Alem, en medio de una habitación vacía de muebles, de
una caja de embalaje, dócilmente, sin la iniciativa de la más mínima actividad, con la pasividad más
dulce, se asoma de punta, punzando el aire un poster de niña de primera
comunión de los 70 en blanco y negro, firmado
por el conocido fotógrafo rosarino “Valenti”. No se muestra ni se oculta, está
allí, entre la presencia y la ausencia como la posibilidad ¿de la imposible
derrota? ¿del tiempo? Cerré los ojos y
la imagen me habló en el silencio. Me pude ver expuesta en la vidriera de la
Casa Valenti, y me sentí una intrusa.
Qués, aún
Qué es cierto. Qué.
Y ese visillo que se abre?
Y esas balas que no llegaron?
Y ese salirme a correr riesgos?
Y esas balas que no llegaron?
Y ese salirme a correr riesgos?
Y ese doble que es el amor?
Si la confianza
en una lágrima desecada?
Si la confianza
en una lágrima desecada?
Yo me había había fijado al
sol
yo me había fijado al sol,
y el invierno viene
uno tras otro
y solo lo salva la memoria
del ala de una mariposa esquiva
¿alguien escucha?
Sí, sí, sí…
¿en alguna inquietud
arrodillada?
Creo solo en la muerte de
las cosas tangibles.
Variaciones
“Ella se dio cuenta que perdía la voz”
Irene
Gruss
Yo quise vociferar
una prosita toda de
transición:
como de cuerdas de
guitarra flamenca.
Pero, un día,
mi voz fue yéndose...
fue terrible oírla jadear
cansada de cansancio
la palabra lejos.
Sin embargo, hay instantes.
Hoy es tarde de sábado
y algo vibra, danza
viene y va
rozando en la proximidad
de mi laringe,
de la intemperie,
hasta acariciar la punta de
la melancolía.
dasein
Otra vez
perdida en el campo, mirando el río Carcarañá
donde las aguas arremolinadas se abren
y me hacen pasar suspensiva
a una soledad de luz, de árboles
y de bordes. Es un cielo. Por encima de su lecho
hay un cielo tirolés atrapa pájaros
como el camino primero
o el último. Quién dice.
Parece ser algo que podría nombrar
gratitud, mañana de junio,
pero de aromas y de voces
¿hacia el tiempo que fue? ¿ hacia
las hojas de olivo
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