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paseaje






Y mientras nada sé de vos
o de la pelusita 
que se filtra por la ventana
en días de otoño
roce de minivacío
que te interrumpe

no pienso llamarte muro
ni resorte desvencijado
ni fondo
de la larga noche oscura

sólo miro ausente
con el ojo pequeño,
escribo las contracturas
en arabescos de fuga.







de "Pliegues"






Voz callada
23.VIII.13




soroche






Otoño de 2013


Dejar de querer caminar.  
Permanecer sentada
en las escalinatas
de  la Iglesia de San Francisco
con una botellita
de agua mineral en la mano.
Mirar (admirar)
el equilibrio de  las cholas
paceñas andando erguidas
en sus polleras, mantillas coloridas 
y sombreros borsalinos.

Aprender a suspirar…
cuando el oxígeno no alcanza.




ejercicio 2





Foto: Olive Cotton



Panchar un hoja arrugada
decididamente indócil 
en la que mora el indicio 
de versos usurpados
(los poemas no se roban)


Intentar re-encontrar 
a fuerza de tibio aire 
la plenitud 
de tus huellas digitales.



alita azul





(...) Cuando encontraban una niña, cortaban un pedazo de manguera azul y se la obsequiaban para que pudiese saltar la manguera. Así en todas las esquinas se vieron nacer hermosísimas burbujas azules transparentes, con una niña adentro que parecía una ardilla en su jaula. J.C.



anómala 
vos
que de grande seguiste siendo niña
y un día descubrís que significa serlo.
¡Ay, alita sin vaina! 
Seguías pegada al dibujo original.



miedo






Que no sé salir a la calle así, 
eso.
No es la lluvia lo que me paraliza
menos son los truenos
posiblemente se trate 
de la certeza del no poder atrapar 
alguna centella
extraviada, un pequeñito rayo 
de luz al cual aferrarme
y confiar
en esta tarde gris.



río mío






cuando anochece en rosazul

-28.12.12-




Morgado





A veces (sólo algunas veces)

le hago un pequeño dique a las horas:

dejo cruzar suavemente, deslizarse 

a la música/magdalena de los recuerdos,

de los adioses,

de los nunca más, de las decepciones.





fuera de contexto




Sólo cuando la mirada se abre al par de lo visible se hace una aurora
M. Zambrano




Volví a aquel lugar,
el portero apenas
si me reconoció,
me dejó pasar.

Crucé el patio
en diagonal
con pasos desarticulados
comprimí mi voz ronca
transfigurando la extrañeza
en el recuerdo
de lo que creía
era parte de mi vida:
las luminosas mañanas
de pasos blandos  
y de pájaros cantando.

Yo quería hablar,
quería una mirada
una palabra mansa
pero no, la puerta
no se abrió,
me quedé inmóvil
el impulso inicial
estalló a pedazos
y se volví a la calle,
sin decir nada.



versos





















Esta noche de viernes
al tiempo en el que el cielo 
sigue llorando
escribo versos 
a lo que no me escucha.

Vanamente les pregunto 
a las letras que se filtran 
entre las grietas de la lluvia
en donde habitan 

los sonidos de las cosas
que fueron.

En qué lugar,
a qué distancia se encuentran
el canto del agua
de otro verano,
las antiguas dulzuras,
el rumor azul y verde
de un párpado maravillado.

El silencio se prolonga
en el presente
del poema húmedo
y desamparado,
como mi cansancio.






colores




















por ese lugar
el ojo accidental
percibe la pigmentación del día, después de la lluvia.
(No hay destino único del cielo)



voz callada






Las ocho de la noche.
Una mujer se hace preguntas
en un café
frente a la Avenida Olleros.
Se interroga acerca de
cómo podría remediar
su nueva y absurda
condición de ser/expulsada
de su mundo/refugio,
ése, en el que se sentía
más o menos a gusto
desde hace tantos años.

Ella sabía lo que le iban a decir,
que hiciera un esfuerzo
por mirar las cosas
con más distancia.
“Como si fuera tan fácil”, decía:
“hay que estar en la piel”.

La verdad es el abandono.
El abandono de una laringe
cansada a sus cuerdas
- la casita segura-, creían.
Y ya no cree,
no tan de adentro.

Sale a la calle.
Se cruza al bonito
e iluminado
cantero central.
Se detiene  en un puestito
de plantas y flores,
parecen susurrar rocío.

¿Se atrevería ella a cantar?

Un glissando espera,
desespera.
Se ahoga en su boca
casi llegando a libertador,
en un súbito y metálico
ruido de cacerolas,
perturbando el aire,
el alma, una vez más.


octubre






en la nube, que el viento balancea
asciende lenta a columpiarse el alma.
¡Oh mi ensueño perdido! M.F.


Creí que podía comunic(arte)
encantarte
esforzarme por mostrarte
el tiempo de las flores
el color profundo de la dignidad.
Pero con un calor de chapa
y de nostalgia vos te apareciste,
tiernamente me recordaste
un octubre de sikuris y de feria
el lenguaje que era

yo, la que mi boca hablaba,
la haber estado, la haber acompañado.
Al mismo tiempo, como un ánima que pena,
me dijiste que el martes sería tu cumpleaños.
Y sentí mi abrazo adelantado
como una inútil limosna.

Hoy llueve como nunca,
leo tus poemas de amor temprano
y pienso en vos,
en tu caligrafía chorreada por el barro,
me pregunto si habrá algún festejo.

La ciudad injusta acumula deseos,
antiguos pactos, fracasos, esperanzas fugaces.






COPLA 2005



de las cosas que uno puede encontrar en una cajita 
o en la nostalgia de un día de lluvia cualquiera







breve



Sabías que alguien lanzó un secreto al viento
para que supiera?

Sobre los párpados la oscuridad, pesa. 

Y a veces no, entonces me demoro 
en las cortinas de lo que supo estremecer.

(Esperá, la luna está cruzando la ventana)

Sabías, que aún seguís lastimándome
la espalda con los dientes? Mas lejos yo,
de vos, en tus brazos.


Mujer con sombrero





Una mujer con sombrero,
como un cuadro del viejo Chagall,
corrompiéndose al centro del miedo
y yo, que no soy bueno,
me puse a llorar.
Pero entonces lloraba por mí,
y ahora lloro por verla morir.
S. R




Quizás
pude haber leído mi destino
en la escritura y en la música 
de esos pasos
según había visto y oído
en otro tiempo.
Qué querés que te diga?
que la plaza
que la chalina
que el cigarrillo que las botas
correspondían a una misma persona?

 
Desde ahí me narro
caminando en la niebla  
entre palomas traicioneras  
y autos viejos,
con el sombrero negro
(que ahora uso yo)

sobre la nostalgia y el tiempo



¿Qué les sucede en un momento a los cuadros de fotografías de la primera comunión, esos que durante al menos diez o quince años lucieron triunfales en una pared de la casa familiar?
Y digo lucieron, en pasado, porque la niña que posa en esa fotografía con su vestido blanco de manguitas abullonadas y tiene un tocado de flores pequeñas en la cabeza,  o aquella otra con su velo de tul,  o el niño de pantalones cortos y medias tres cuartos, si, ése  que muestra de costado un moño de raso enorme en su brazo,  y una sonrisa.  Esos niños, ésos y otros no ya tan niños,  un día se van de la casa de sus padres,  y al tiempo, éstos caen en la cuenta de que el departamento de dos o de tres dormitorios en el que viven les queda grande, hay demasiados espacios vacíos, vaciados por la ausencia, y entonces se deciden ponerlo a la venta. Bueno, sucede que últimamente y por motivos que no vienen al caso, he estado recorriendo departamentos de distintas zonas de la ciudad. Y en esos itinerarios urbanos, pude notar que,  en varias de ellas, al entrar al cuarto principal en algunos casos, al living, o a los dormitorios en otros, invariablemente aparecían descolgados de algún lugar del ambiente en que me detenía, imágenes con fotos de niños de comunión.  Esto me fue ocurriendo desde las primeras veces cuando entraba a ciertas viviendas, entonces, sin pensarlo primero,  esta situación inesperada que se iba repitiendo cada vez, se fue convirtiendo para mí como en un juego del azar, que consistía en intentar adivinar, ni bien se abriera la puerta de ingreso, si en algún lugar de la casa podría encontrar un cuadro de foto de comunión  o algún indicio de él. Lo único que me estaba empezando a interesar al entrar en esos sitios no era ya el estado general del departamento, si gozaba de buena luz, si era cómodo o tenía una bonita vista, sino lo importante comenzó a ser el comprobar la existencia o no de esos cuadros con fotografías de comunión de otras épocas. No solo eso, me propuse también descubrir  los lugares exactos en donde estuvieron colgados por mucho tiempo. Y no era una empresa imposible el desafío, porque invariablemente también, pude descubrir la existencia de clavitos desnudos en las paredes,  o las huellas de la existencia anterior de piezas pequeñas metálicas: mínimas aberturas en lugares principales en otros casos. Ocurría más  o menos así: ni bien se abría la puerta de entrada al departamento, si me recibía una persona de sesenta años o más, eso era ya un buen indicio, entonces no había más que deambular por la casa simulando prestar atención a las ponderaciones que sobre el mismo se hacían vivamente,  mientras yo en realidad lo que miraba era lo que no me mostraban. Había una curiosidad en mí, deseaba captar el destino de esos instantes pasados eternizados en una foto y que ya no estaban.
Pero aconteció un martes a la tarde, que en el departamento de calle Alem,  en medio de una habitación vacía de muebles, de una caja de embalaje, dócilmente, sin la iniciativa de la más mínima actividad, con la pasividad más dulce, se asoma de punta, punzando el aire un poster de niña de primera comunión de los 70 en blanco y negro,  firmado por el conocido fotógrafo rosarino “Valenti”. No se muestra ni se oculta, está allí, entre la presencia y la ausencia como la posibilidad ¿de la imposible derrota?  ¿del tiempo? Cerré los ojos y la imagen me habló en el silencio. Me pude ver expuesta en la vidriera de la Casa Valenti, y me sentí una intrusa.  



Qués, aún


 
 
 
 
 
 
 
Qué es cierto. Qué.
Y ese visillo que se abre?
Y esas balas que no llegaron?
Y ese salirme a correr riesgos?
Y ese doble que es el amor?
Si la confianza
en una lágrima desecada?
Yo me había había fijado al sol
yo me había fijado al sol,
y el invierno viene
uno tras otro
y solo lo salva la memoria 
del ala de una mariposa esquiva
¿alguien escucha?
Sí, sí, sí…
¿en alguna inquietud arrodillada?
Creo solo en la muerte de las cosas tangibles.


Variaciones




“Ella se dio cuenta que perdía la voz”
Irene Gruss

Yo quise vociferar
una prosita toda de transición:
como de cuerdas de
guitarra flamenca.
Pero, un día,
mi voz fue yéndose...
fue terrible oírla jadear
cansada de cansancio
la palabra lejos.

Sin embargo, hay instantes.
Hoy es tarde de sábado
y algo vibra, danza
viene y va
rozando en la proximidad
de mi laringe,
de la intemperie,
hasta acariciar la punta de la melancolía.

dasein



















Otra vez

perdida en el campo, mirando el río Carcarañá

donde las aguas arremolinadas se abren 

y me hacen pasar suspensiva

a una soledad de luz, de árboles 

y de bordes. Es un cielo. Por encima de su lecho 

hay un cielo tirolés atrapa pájaros

como el camino primero

o el último. Quién dice. 

Parece ser algo que podría nombrar 

gratitud, mañana de junio, 

pero de aromas y de voces 

¿hacia el tiempo que fue? ¿ hacia 

las hojas de olivo 

pegadas a mis pies?